Pensando En Voz Alta

La sociedad de las personas muertas.

Y es en este momento donde siento lo mismo de Borges cuando escribió el Aleph: la ficción se ha transformado en mi realidad y mi realidad en ficción.

No cabe la menor duda de que los libros son uno de los mejores refugios para la conciencia del ser. Sin embargo, hoy más que un refugio deben convertirse en la alta muralla que espante la muerte; una muerte que está ahí, afuera, esperándonos.

Si hacemos un análisis teórico del concepto, la Real Academia Española nos presenta seis acepciones, donde la primera es simplemente “cesación o término de la vida”. Y digo simplemente porque en la actualidad el concepto ha pasado a ser un estado trivial, esto, en función de lo que nos informa todos los días la televisión. Si bien las palabras se convencionalizan según su cantidad de uso, los estados y acciones del individuo también lo son según la sociedad. No obstante, el estado de muerte humana en masa actual, no debe ser convencionalizado, puesto que si lo hacemos será el fin de nuestra existencia.

No fue preocupante en su momento cuando nos enteramos de un virus que mataba en silencio a los seres humanos. Hoy en día… tampoco lo es. Esto, debido a que no hemos sido parte de la desgracia en persona para reflexionar sobre el estado de la muerte en masa. No fuimos parte de las guerras mundiales, no fuimos parte de las pandemias anteriores, no sentimos que seamos parte del problema y tampoco de la solución. La sociedad mundial se desmorona, la economía cae, los líderes desaparecieron y Dios no nos acompaña. No sabemos a quién recurrir porque nadie muestra fortaleza. El enemigo es invisible y el ser humano es necio. Por mucho tiempo nos preocupamos de matarnos entre nosotros, pero actualmente es otro el que nos mata.

Hace cinco años, Bill Gates lo predijo, uno de los hombres más inteligentes y visionarios del mundo lo predijo, diciendo que nuestro sistema no está preparado para una pandemia de gran magnitud, por la sencilla razón de que no tenemos sistema. Y claro está que no tenemos sistema, ya que lo que ocurre no es una entropía sino una desgracia. Es ahora entonces cuando me sumerjo en la literatura para crear otra realidad, esa que crea solo el lenguaje, el que nunca supimos utilizar para predecir el futuro.  Y es en este momento donde siento lo mismo de Borges cuando escribió el Aleph: la ficción se ha transformado en mi realidad y mi realidad en ficción. Porque no quiero aceptar que desaparecemos por culpa nuestra, por nuestra ignorancia, por nuestra mezquindad, por nuestra alevosía propia, por nuestra inversión en armas y no en conocimiento que es lo único que salva al ser.

No hay negación, ira, negociación, depresión ni aceptación, porque no podemos, porque no debemos. Solo hay resiliencia porque nos hemos acostumbrado a ella ya que es lo último que nos queda.

Todas las mañanas, luego de escuchar los datos del ministro de salud por tv subo a mi biblioteca personal, cojo el libro de Bolaño y leo siempre el mismo fragmento: “su voz sonó tranquila, como la de un hombre que sabe que la vida siempre acaba mal y que no vale la pena exaltarse”.

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