Pensando En Voz Alta

La indiferencia

En el cuento “La máscara de la muerte roja” Edgar Allan Poe nos abre a un relato donde Próspero, el príncipe de la región, alertado por la presencia de la Muerte Roja, una especie de pandemia que lo asolaba todo a su paso, “reunió a un millar de amigos fuertes y de corazón alegre, elegidos entre los caballeros y las damas de su corte y con ellos construyó un refugio recóndito  en una de sus abadías fortificadas. Era una construcción vasta y magnífica, una creación del propio príncipe, de gusto excéntrico, pero grandioso. Rodéabala un fuerte y elevado muro, con sus correspondientes puertas de hierro. Los cortesanos, una vez adentro, se sirvieron de hornillos y pesadas mazas para soldar los cerrojos. Decidieron atrincherarse contra los súbitos impulsos de la desesperación del exterior e impedir toda salida a los frenesíes del interior”. En este cuento vemos que la indiferencia de la autoridad principal y sus cortesanos es abismante. Podemos pensar que este príncipe no tiene el menor interés en sus súbditos y que los deja a su suerte mientras él festeja con los suyos en un mundo aparte, es más, este príncipe gasta sus recursos para protegerse del exterior, donde las personas, los súbditos, quedan a su suerte, en el limbo de las leyes, normas y derechos. Es posible que lleguemos a pensar que los súbditos, en ausencia de su príncipe, buscaran formas de autogobierno y así encontrar la manera de enfrentar a la espantosa Muerte Roja.

En el interior de la fortificación la celebración no daba tregua y podemos deducir también que el príncipe y las autoridades continuaban con las prácticas del poder que decide,  redacta y firma documentos, sin necesidad de darle la espalda a los súbditos que se encuentran ocupados en salvar sus propias vidas en el exterior. Es así que un noche “varias personas entre aquella muchedumbre, antes que se hubiesen ahogado en el silencio los postreros ecos de la última campanada, habían tenido tiempo para darse cuenta de la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y al difundirse el rumor de aquella nueva intrusión, se suscitó entre todos los concurrentes un cuchicheo o murmullo significativo de asombro y desaprobación. Y luego, finalmente, el terror, el pavor y el asco”. Este pasaje del cuento, espléndido en su imaginería, nos muestra lo feble que puede llegar a ser cualquier tipo de previsión ante una amenaza que puede llegar hasta el mismo salón de recepciones del príncipe que ahora, encerrado en su propia fortaleza, se ve asediado no tan sólo por su corte, sino que también desde el exterior, tan temido por él y los suyos.

Así las cosas, podemos ver que desde el exterior, de alguna manera, la Muerte Roja se infiltra y en buen chileno le agua la fiesta al príncipe, que no pensaba recibir tan arrogante invitado en su propia fortaleza. De esta manera las y los cortesanos “reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había llegado como un ladrón en la noche y, uno por uno, cayeron los alegres libertinos por las salas de la orgía, inundados de un rocío sangriento. Y cada uno murió en la desesperada postura de su caída”.

Si sobreponemos este cuento a los acontecimientos que han ocurrido en nuestro país relacionados con esta pandemia, las similitudes son descomunales: Su Excelencia el Presidente de la República en principio ignora la alerta sanitaria quitándole importancia, permitiendo a su Ministro de Salud que haga las declaraciones que se le vengan en gana, relativizando el peligro y apartándose cada día más de las verdaderas urgencias de la población. Paralelamente llegan desde distintos puntos del orbe nuevas tecnologías para reprimir las manifestaciones que, con absoluta razón, ocurren en nuestro país desde el 18 de octubre del año recién pasado. El Presidente, apoyado por la clase política en su conjunto, saca a los militares a la calle declarando toque de queda -se atrinchera-, evidenciando su incapacidad y falta de liderazgo en momentos decisivos como este, fijándose solamente en el orden público, que huelga decir en estos momentos es casi innecesario para el común de las ciudadanas y ciudadanos, ya que los únicos que pasan por sobre las leyes son los que en Chile llamamos “cuicos”, que son la clase partidaria de este gobierno y que recibe los beneficios de un sistema que todos sabemos es injusto, uno de los más y quizá el más injusto que existir pueda sobre la tierra. Pero hay más y son los que podríamos llamar cortesanos los que gozan de los más altos privilegios y se encuentran en el salón de recepción de la fortaleza de nuestro Presidente, los que no vieron venir la amenaza y eso es completamente atribuible a un comportamiento que podemos llamar: la indiferencia. Indiferente y despectiva con el prójimo ha sido la Seremi de Salud, la enfermera Katia Guzmán, quien ha infringido los protocolos y ocultado información de que entre sus filas se encontraba un contagiado con el covid-19, permitiéndose saludar e inclusive obligando a algunos periodistas y representantes de medios de comunicación de la región, en una conferencia de prensa, a besar sus mejillas, misma cosa que hizo con gran parte de la corte regional compuesta de otros Seremis y jefes de servicio, misma cosa que hizo con las autoridades militares encargadas de la seguridad en esta zona del país y de muchos de los integrantes de la Seremi de Salud de Araucanía, inclusive el Intendente, que es el representante del mismísimo Presidente de la República en la región, se encuentra con esta Muerte Roja. Con  esas actitudes, con esa indiferencia es con la que tenemos que lidiar en momentos en que todos podemos caer infectados, perjudicando a los más susceptibles en esta pandemia, que son las y los adultos mayores: para muchos nuestros padres y abuelos. Con estas autoridades, sálvenos  para que esta historia no termine como el cuento de Edgar Allan Poe, que dice que “la tiniebla y la ruina y la Muerte Roja tuvieron sobre todo aquello ilimitado dominio”.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba