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Ahora que pasó la tormenta de los Oscar de Hollywood.

La bofetada de Will Smith fue una oportunidad perdida de discutir sobre los límites, en este caso sobre los límites del humor y de haber llegado a conclusiones que nos hubieran podido familiarizar con otros conflictos diferentes pero que también tienen que ver con los límites: cambio climático, desarrollo económico, geopolítica internacional, convivencia en la Escuela, etc. Pero no, lo que los informativos lamentaron es lo penoso que la bofetada de Will Smith nos impidiera hablar aquel día también de la guerra de Ucrania, de la que tampoco sabe mucho la mayoría de la ciudadanía y que también es un asunto que se va cerrar en falso, hasta la próxima invasión de Rusia.

El 7 de enero de 2015 dos hombres encapuchados entraron en el local del diario satírico
francés Charlie Hebdo. Dispararon 50 tiros y mataron a 12 personas. Esta vez la ofensa
no era haber mentado en vano la calvicie de una actriz afroamericana, sino haber
mentado en vano el nombre de Alá. En la revista se había hecho días antes un chiste
sobre el dios de los musulmanes. Los asesinos mataron al grito de Alá es Grande, aunque
el grito podría haber sido «Sacad el nombre de Alá de vuestra sucia revista”. Yo recuerdo
nítidamente el debate. Entonces yo era estudiante de filosofía en la Universidad Nacional
de Educación a Distancia (España) y fue un tema que se comentó en la clase del
admirado y querido profesor Dr. Quintín Racionero. Yo estaba casi en contra de la opinión
generalizada. Entendía que el debate no se debía cerrar diciendo «es un acto de
terrorismo contra la libertad del humor y la libertad de expresión, hay que condenar el
atentado sin fisuras». Y yo lo condenaba, cómo no lo voy a hacer, pero lo que no quería
hacer era condenar al debate en sí, cerrarlo y listo. Yo creo que cuando se insulta, se
golpea o incluso se asesina a un humorista por hacer un chiste ofensivo nos limitamos a
condenar la violencia pero cerramos los debates en falso (que es el deporte preferido de
nuestro mundo: cerrar debates en falso).


Dejando a un lado a los fanáticos irracionales que tiene el islam, los musulmanes
franceses ofendidos quizás deberían haber tenido oportunidad de recibir una disculpa tras
el chiste de Charlie Hebdo. Es decir, disculparse ante aquellos musulmanes que a pesar
de ser franceses de segunda o tercera generación siguen sintiendo la discriminación de
los blancos y aún así creen en la democracia como forma política de convivencia y
podrían haber entendido el contexto del chiste. Y a los demás nos podría haber servido
para entender que si una comunidad recibe maltrato cotidiano quizás un chiste ofensivo
no es la mejor manera de promover el acercamiento o la inclusión. Pero no, el debate
desde el pensamiento progresista se fue únicamente por el pin en la solapa que decía «Yo
soy Charlie Hebdo». Yo creo que si hubiéramos visto todos “La batalla de Argel” de
Pontecorvo hubiéramos podido entender por qué un chiste sobre Alá puede ser muy
ofensivo para cierta comunidad que viene siendo agredida ya desde lejos.
En países como España también estan acostumbrados desde el pensamiento progresista
a tirar de mantra y adjurar condena para aquellos colectivos (cristianos, monárquicos) que
atentan contra los límites del humor. Y listo. Se acabó el debate.
Pero a ver. El humor entonces no tiene límites y no debemos hacer nada que pueda
embridar la capacidad humorística o de expresión de alguien. Esto me llama mucho la
atención. Porque vivir en sociedad humana ¿no es negociar unos limites?. No quiero
meterme con Rousseau o con Freud pero yo creo que si el humor no tiene limites va ser
la primera vez en la historia universal que un producto de la cultura humana no tiene
límites: la informática, la sexualidad, la gastronomía, la educación, la política, la
economía, la alfarería, la ciencia, el placer, la música, el arte…todos tienen límites. Claro
que en la cultura humana hay cosas que no tienen limites pero para eso hemos inventado
la religión y la mística, para relacionarnos con aquellas cosas inasibles y que se
manifiestan ante nosotros, como dice la postmodernidad, como «la inmanencia de lo
sagrado en la cotidianidad». Pero no estamos diciendo que el humor sea esto ¿cierto? ¿o
quizás la risa sí lo es?. Yo creo que cuando decimos que el humor no tiene limites lo único
que se está defendiendo es una categoría jurídica y moral especial para esta
manifestación de la cultura humana en la cual no se pueda denunciar, pedir disculpas ni
nada, a un humorista por hacer un chiste que ofende a una persona o colectivo. Como en

la Edad Media: ni el Rey tiene derecho a ofenderse y pedir cuentas ante las sátiras del
bufón. Impunidad para el humorista. Pero la gracia de las democracias actuales es que ya
no estamos en los tiempos de las monarquías medievales. Se supone que ahora nos
gusta llamarnos “comunidades” y no una comunidad cualquiera, sino comunidades que
actúan como sujetos de derecho. Pero el humorista también es un sujeto de derecho. Le
asiste la libertad de expresión. ¿y la libertad de ofensa no existe?. Y si hay choque de
libertades o de derechos ¿no nos habla eso de límites necesarios?. Así es la democracia:
el negociado de los límites. No estoy en contra de que una asociación de abogados
cristianos denuncie al actor y cómico español Willy Toledo por cagarse reiteradamente en
Dios y la Virgen. Estoy en contra de que un juez admita a trámite la denuncia y esté a
punto de condenar a la cárcel o a una severa multa a Willy Toledo por eso. Eso sí es para
mí censura pero reconozco al mismo tiempo el derecho que tiene una determinada
comunidad (cristiana) a decir que se sienten ofendidos y que solicitan disculpas. Pero en
el fondo siento que Willy Toledo se crece con la ofensa de los cristianos y al mismo tiempo
la comunidad cristiana representada por una asociación de abogados de derechas siente
la oportunidad de oro para visibilizarse en los medios de comunicación y lanzar sus
proclamas de fé. Y me da la impresión que con los cómicos como Willy Toledo de cada
día y con los colectivos de abogados ultracatólicos perdemos los demócratas, la verdad,
que nos pilla en medio de este choque de trenes, porque no se debate seriamente el
asunto y no se construye nada interesante.

De todas formas y para terminar con un homenaje al humor, esa hija divina de la cultura
humana, debo decir que de lo que ocurrió hace semanas en la escena en la que Chris
Rock ofende con un chiste a Jada Pinkett me llama mucho la atención la inmediata
respuesta de Willy Smith. Y no me refiero a la bofetada. En los primeros segundos
después de escuchar la sátira sobre su mujer él se ríe. En esos dos segundos está el
humor en su más pura expresión: la risa espontánea es el objetivo más ancestral del
humor. Y Chris Rock lo consigue. Jada Pinkett se ofendió porque sintió que su problema
no merece ser chistoso. Pero todos los demás, incluido su marido, se rieron durante dos
segundos. Dos segundos de risa pura, sin mediación de la cultura o, si prefieren, de
cultura sometida a catarsis. Dos segundos de magia. Qué gran paradoja: he dicho que el
humor es hija de la cultura humana pero sin embargo brota de ella esa cosa prístina que
es la risa en los momentos en los que la cultura no media o es subvertida. Después de
esos dos segundos de risa descendió como una pluma de fuego sobre las cabezas de los
asistentes la cultura de todos los días. Will Smith mira a Jada Pinkett, piensa que
pertenecen a una comunidad afroamericana, se siente protector de su familia, llamado a
defenderla como sea, le baja en definitiva lo que mata la risa, que es la pesada cultura
con su racionalidad consciente y como un majadero asume su rol de patriarca y sale al
ruedo a vengar la honra de su mujer. Ahí va otra paradoja: ¿si el humor necesitara límites
son estos aplicables también a la risa?. ¿Tiene sentido pensar que el humor puede tener
límites pero no la risa?. Parece que hay material suficiente como para que le debate del
bofetón no se cierre todavía.


Pero en todo debate que merezca la pena, mientras se resuelve es muy importante el
“mientras tanto”. Y debatir no nos puede impedir que tengamos un cuidado inmediato, o
incluso abrir la puerta a otro debate en paralelo, porque este gesto de vengar el noble
nombre de mi esposa es como el gesto de los terroristas vengando el noble nombre de
Alá. El humor desde mi punto de vista debe tener límites y es necesario hacer ver que se
puede ofender con el humor y el humorista tiene que saber pedir disculpas. Pero nada
más. Porque si se llega a instaurar la venganza como forma de aplacar el humor que
ofende estamos haciendo el juego a los que desde el lado oscuro de nuestra sociedad

quieren que disolvamos los limites para que los humoristas tengan libertad absoluta para
ofender gratis y los ofendidos tengan derecho a la más retorcida de las venganzas, sean
bofetones o disparos. Cuidado con eso. Fue una broma amigos, lamento haberte
ofendido, Jada Pinkett. Y el show debería haber continuado.
Epílogo. Y si se diera el caso de que, respecto a la necesidad de límites, la risa que nace
producto del humor nos enfrentara a una situación paradójica sin solución ¿cómo
habríamos de habitar esa paradoja?. ¿La liturgia del aplauso sería la forma?. Pensemos.
PD: Muchos informativos abrieron al día siguiente con el titular de la bofetada de Will
Smith mientras lamentaban que sólo se hablara de esto y no de otras cosas. No señores,
hay que hablar de la bofetada. Es una excelente oportunidad de debatir durante días,
semanas, como hacen los filósofos analíticos, que son capaces de discutir afanosamente
sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de una alfiler, hasta que llegan al fondo y
resuelven, por ejemplo, creando el Cálculo Infinitesimal. La bofetada de Will Smith fue una
oportunidad perdida de discutir sobre los límites, en este caso sobre los límites del humor
y de haber llegado a conclusiones que nos hubieran podido familiarizar con otros
conflictos diferentes pero que también tienen que ver con los límites: cambio climático,
desarrollo económico, geopolítica internacional, convivencia en la Escuela, etc. Pero no,
lo que los informativos lamentaron es lo penoso que la bofetada de Will Smith nos
impidiera hablar aquel día también de la guerra de Ucrania, de la que tampoco sabe
mucho la mayoría de la ciudadanía y que también es un asunto que se va cerrar en falso,
hasta la próxima invasión de Rusia.


Ismael Rincón Portero
Geólogo-paleontólogo
Máster en Cultura y Comunicación Social de la Ciencia y la Tecnología

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