Pensando En Voz Alta

LA FÁBRICA DE HUMO

Tengo problemas con el deber. No con el cumplimiento del deber, si no con que alguien me exija cumplirlo. Tengo generalmente la capacidad, a veces el tiempo, y me puedo hacer las ganas para hacer algo, pero inmediatamente cuando alguien me lo pide en forma perentoria, aborrezco la tarea y le empiezo a sacar el cuerpo. De este comportamiento, colegirán que también tengo problemas serios con la cadena de mando. Por ello aceptar la cuarentena y sus restricciones asociadas y, en correlato, desmontar la urgencia ha sido, por lejos, lo más difícil de este inédito proceso social.

Hace unos días cumplí un mes en casa por obligación sanitaria. Mi vida transcurre al interior con mucha semejanza a lo que hacía antes: básicamente mantener conexión social por plataformas, lectura, dormir, cocinar, música, adelantar aquellos trabajos para los que no he conseguido fondos y un poco de jardín para cultivar la paciencia. Tengo lo que popularmente llaman “mano verde”, pero la mano caliente que me permite darle vida a cualquier esqueje, se me enfría al llevarla al cultivo de la esperanza constante que es, en definitiva, la paciencia. Eso no es casual, no es antojadizo, no es un capricho de escritora ahogándose en aguas calmas.

Soy parte de lo que han venido en nombrar como “economía naranja” que está asociada al ámbito de las industrias culturales y creativas. Yo y mi modesto manojo de poemas somos un agente económico, un potenciador ecosistémico, un elemento que por medio de la creatividad logra transformar ello en dinero y en bienestar personal y colectivo. Muchos y muchas hemos asistido y nos hemos formado en la impronta del emprendimiento con ello como norte. Hemos replicado el tremendo aporte PIB que nuestra área hace a la economía de cada país y donde no existía hemos pedido internacionalmente la cuenta satélite para demostrar ese aporte invisibilizado por tanto tiempo, pero sin embargo esas mismas huestes creativas, ese mismo ejército de pasión y talento al que pertenecemos, entre otros, los y las artistas nacionales hoy se desmorona porque ha sido una fábrica de humo que se ha disipado mucho antes de la crisis sanitaria global que hoy nos toca afrontar como humanidad con la venia de los medios de comunicación masivos (porque, convengamos, que morir de hambre en América Latina con sus más de 42 millones de personas en riesgo alimentario según FAO para el año 2019 tiene bastante menos prensa).

Después de algunas semanas de errático comportamiento mundial y de más errático comportamiento nacional, podemos sostener que sin ética política no hay Canvas capaz de resistir el análisis de sustentabilidad de nuestros proyectos de la industria creativa. En medio de la impronta capitalista, donde las decisiones económicas están en manos de matarifes, ¿qué posibilidad tienen de salir indemnes los y las artistas de nuestro país? El despotismo, la saña, la rigidez como marca en una política cultural anula las posibilidades de que las nacientes y siempre tambaleantes iniciativas del ámbito de las culturas, las artes y el patrimonio sean capaces de sobrevivir a la zozobra que el momento actual conforma. Me escribía hace algunos días un colega para relatarme cómo ha visto desmoronarse en un par de meses aquello por lo que luchó años y me escribe al final: “Pero todavía nos tenemos…”. Es tremendamente doloroso constatar ello: sólo nos tenemos a nosotros, estos cuerpos racializados, estos cuerpos nuestros maltratados que temen el confinamiento, que no olvidan el primer golpe o la historia de sangre que constituyó el último de ellos; los cuerpos nuestros, eternamente desheredados de la tierra o espoleados por una hipoteca dura, los cuerpos que se acostumbraron a vivir al tres y al cuatro, y que de pronto habíamos sentido que cambiamos de status porque comenzamos a ser nombrados como “emprendedores o emprendedoras de la cultura”, porque nos pedían nuestra idea de negocio antes que de nuestra obra, porque jugábamos con el vocabulario empresarial en una cancha que nunca fue nuestra. Y así estamos hoy, poetas, músicos, artistas visuales, artesanos, sintiendo que todo fue un holograma hiperrealista que nuestra eterna precariedad por fin develó en toda su crudeza. No hay posibilidad de industria cultural si no hay posibilidad de demandar como propios otros derechos primeros como la salud, la alimentación, el techo digno; no hay desarrollo ecosistémico de economías naranjas, si primero los agentes del eslabón primario de ella no están logrando cubrir los mínimos vitales. Mientras tengamos que enterrar a nuestros compañeros y compañeras por colectas solidarias, mientras tengamos que armar una rifa para ayudarle a costear un examen médico, mientras la mayor parte del flujo de nuestros correos gremiales sean para organizar canastas familiares, no hay posibilidad alguna de que nosotros y nosotras demos todo nuestro potencial humano en beneficio propio y colectivo. Cualquier discurso del emprendimiento en cultura, que obvie que primero hay que resolver ello, es una fábrica de humo.

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