Crítica Literaria

“CAMINANTES EN LA NIEVE: ESCRITOS PARA DIALOGAR Y REVIVIR A LOS DIFUNTOS”. Crítica literaria a “Caminantes en la nieve”, de Pablo Rojas Escobar. Por Tanya Peralta Ochoa

En esta publicación no encontrarán definiciones absolutas ni respuestas objetivas, de modo que sugiero leerla con detención y aprovechar la posibilidad de despertar en nosotros nuevas preguntas. Quizás convenga que seamos los mismos lectores quienes las contestemos, o que alguien se atreva a elaborar nuevos textos para ampliar los escenarios, los diálogos y las reflexiones; después de todo, dialogar con una composición literaria es lo que permite que se reactive y que sus significados se multipliquen.

La narrativa de Pablo Rojas Escobar se manifiesta en este libro mediante el relato breve, la multiplicidad de voces, espacios y tiempos iluminados por imágenes poéticas provenientes de una ficción cargada de realidad humana. El autor se muestra nuevamente como un atento observador de la realidad, capaz de describir a sus personajes con la suficiente simpleza para que los imaginemos, y con la necesaria profundidad para que podamos interpretarlos con interés, curiosidad y hasta desconcierto.

La personalidad del poeta, del bardo inconfundible que es este autor, aparece en este libro renovada. A diferencia de su anterior publicación (“El bosque está en mis ojos y en mis ojos está el bosque”), donde había un personaje que sostenía la acción, reflexionando sobre su vida y su poesía, en esta obra el creador opta por diversificar su discurso, sin perder con ello la sutileza de su pluma, que nunca revela por completo aquello que moviliza a sus personajes y nos invita a descifrar de dónde vienen y hacia dónde van sus pulsiones, su arrojo o su rebeldía.

Porque evidentemente hay algo que hermana a los personajes de Pablo, ya que independientemente de sus características particulares, todos son, a su modo, rebeldes, ninguno se conforma con la realidad que le ha tocado y todos buscan nuevas maneras de relacionarse con otros y su entorno; todos ellos se aventuran a descubrir aquello que les es ajeno, o bien, adentrándose en ellos mismos, reconocen su diferencia y la comparten.

Como lectores, asistimos al delicioso placer de lo inesperado, insólito y sorprendente. Ninguno de los textos resulta predecible ni logra explicarse a sí mismo por completo. Si bien su estructura parece simple y accesible, lo que permite leer el libro con agilidad, recomiendo detenerse en cada relato, saboreando sus palabras y expresiones. Probablemente sea pertinente releer en ocasiones para desplegar un análisis más completo y sacarle más provecho a la composición.

La construcción de la obra, por otro lado, resulta fascinante, ya que el relato que da nombre al volumen, “Caminantes en la nieve”, nos abre la puerta a un mundo onírico cargado de reminiscencias literarias, el que funciona perfectamente como una bisagra hacia el espacio de la ficción, pues la narradora es una niña, quien, desde una inocencia y entrega absolutas, se deja guiar por el padre a través de un bosque nevado e impredecible. Allí vislumbra inquietantes imágenes, o como nos confiesa: “la memoria de gente que por desgracia desconozco”, un lugar ignoto en el que, sin embargo, logra reconocerse. El descubrimiento de este sitio, de este lenguaje, la inmensa e inabarcable “lengua de Cervantes”, que es nuestro idioma español (inevitablemente metafórico y literario), parece ser el comienzo de un paisaje que deberá continuar transitando, pues confía en las decisiones del padre, así como nosotros también confiamos en que el libro nos permitirá reconocernos a nosotros mismos en él a través de la palabra.

Este mismo tópico vuelve a repetirse en “Estación Teillier”, donde el narrador revive al creador lautarino utilizando sus propias palabras y lo pone a escribir un soneto, “mediante un pequeño ejercicio de espiritismo literario”. Como Quevedo, “escucha a los muertos con los ojos”, se permite releer al poeta y utilizar su expresión lárica para escribir un soneto y devolverle así la vida. El resultado de su ejercicio también nos es revelado, de manera que podemos leer al “fantasma” de Jorge Teillier recitando endecasílabos en una hermosa composición, que más que un simple ejercicio, parece ser un homenaje al inmenso poder que nos otorga el hecho de habitar una misma lengua, transformando la cita o la intertextualidad completa en un paisaje que puede renovarse eternamente. En ese contexto, la literatura, tanto la que escribe Rojas, como la que crearon sus antepasados, logra la ansiada “inmortalidad del alma”, que la mayoría de las personas, especialmente los poetas y los artistas, aspiran alcanzar.

Pese a ello, el escritor no busca en absoluto convencer a sus lectores de que esta hazaña sea posible, simplemente se contenta con dejar fluir humildemente su creación y construir pequeños mundos a los que podemos viajar. Es así como permite que un simple grupo anónimo de amigos que beben en un bar (“Pedro, Juan y Diego”), se conviertan en “Los dioses del Olimpo” a los ojos de un borracho espectador extasiado con su presencia arquetípica. Asimismo, consigue que una joven de 18 años se exprese libremente frente a un psicólogo en el cuento “Lucía en el diván”. Allí, guiada por sus fuertes convicciones políticas y morales, se confiesa, sugiriendo un mundo interior complejo que apenas alcanzamos a vislumbrar.

Y es que el objetivo de este autor no parece ser precisamente volver a sus personajes unos íconos memorables, sino apenas mostrarnos sus disímiles caracteres y sus sencillas peripecias, que pueden resultar desastrosas (como en “La cuenta telefónica”, “Adiós Cartago” o “Los ojos de Medusa”), anecdóticas (como en “El retorno de Roselli”) o inesperadas e increíbles (como en “Caradura” o “El mar en el espejo”).

En esta publicación no encontrarán definiciones absolutas ni respuestas objetivas, de modo que sugiero leerla con detención y aprovechar la posibilidad de despertar en nosotros nuevas preguntas. Quizás convenga que seamos los mismos lectores quienes las contestemos, o que alguien se atreva a elaborar nuevos textos para ampliar los escenarios, los diálogos y las reflexiones; después de todo, dialogar con una composición literaria es lo que permite que se reactive y que sus significados se multipliquen.

Dejemos que el libro nos asombre, que permanezca, como aquellos que nos conmueven, “siempre abierto”, y esperemos que Pablo Rojas no deje de escribir para que sus palabras continúen reviviendo a los difuntos y haciendo eco en nosotros.


Tanya Peralta Ochoa. Licenciada y Magíster en Literatura, Universidad de Chile

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