Entrevista directa

Trauma, enemigo interno y máquinas mitológicas. El caso de Palestina y Wallmapu.

En esta oportunidad conversamos sobre los conflictos de Palestina y Wallmapu, la militarización de La Araucanía, la presencia de la bandera mapuche en la revuelta del 18 de octubre, simbologías y otras historias con Rodrigo Karmy Bolton, Doctor en Filosofía de la Universidad de Chile, profesor e Investigador del Centro de Estudios Árabes de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y profesor del Postgrado de Filosofía de la Universidad de Chile; profesor en la carrera de Relaciones Internacionales de la Universidad de Santiago de Chile y del Departamento de Filosofía de la Universidad Metropolitana de la Ciencias de la Educación. Sus líneas de trabajo incluyen el pensamiento de Averroes, teología política, gubernamentalidad y postcolonialidad, siguiendo los trabajos de Michel Foucault y Giorgio Agamben, Hamid Dabashi y Joseph Massad, entre otros. Ha publicado artículos en Chile, Brasil, Argentina, México y España.

¿Qué similitudes puedes observar en los conflictos Israel/Palestina, Chile/ Wallmapu?

Básicamente que ambos conflictos están condicionados por una variable colonial, aunque son colonialismos de distinta época y de tecnologías del poder diferentes. Me atrevería a decir que tanto en el caso del Wallmapu, como en el caso palestino, estamos frente a un problema colonial. Ahora, el concepto de colonialismo es un concepto bastante extemporáneo, por decirlo de alguna manera, suena de manera extemporánea, pero eso no quiere decir que sea menos verdadero y yo te diría que si el concepto de colonialismo hoy día parece estar pasado de moda, es precisamente porque incluso el proyecto de la globalización ha consumado el colonialismo. No es que el colonialismo haya quedado en el pasado, sino que se ha consumado completamente el colonialismo bajo la nueva razón neoliberal. En ese contexto, también los colonialismos de Wallmapu y de Palestina, han modificado sus tecnologías de poder y hoy día en Wallmapu hay un colonialismo más de tipo neoliberal, en el sentido de que no solamente es el Estado de Chile el que irrumpe en la zona y se apropia de tierras, sino que además el Estado de Chile está auspiciando y apoyando fundamentalmente a las grandes empresas forestales transnacionales.

En el caso palestino hay una similitud en el sentido de que también la racionalidad neoliberal ha impregnado las tecnologías neoliberales. Por ejemplo, la instalación del muro de segregación del año 2003 ha implicado justamente una división de los recursos naturales hacia el lado israelí, despojando a la población palestina de sus mismos recursos, es decir, el muro tiene una racionalidad estrictamente geoeconómica; sin embargo también existe una diferencia y la diferencia no es solamente una diferencia histórica, sino que es una diferencia, por así decirlo, política, que es que el pueblo mapuche no estaba organizado. Estaba organizado bajo las formas mapuche prevalente, previo a la llegada de los españoles y previo a la pacificación de La Araucanía, es decir, el pueblo mapuche estaba organizado en distintos fragmentos, por así decirlo, grupales, que funcionaban como una máquina de guerra de carácter nómade y eso significaba que los mapuche no estaban organizados bajo la figura del Estado Nación, en una suerte de movimiento nacional. Los mapuche no se organizaron como un movimiento nacional durante la época hispánica, tampoco lo hicieron como movimiento nacional durante la época previa a la pacificación de La Araucanía; en cambio el movimiento palestino se organizó ya desde finales del siglo XIX y principios del XX bajo la égida de un movimiento de liberación nacional, bajo a idea de que el palestino era o tenía la calidad de ser un pueblo. En ese sentido, creo que, sin embargo existe una diferencia y no digo que es una diferencia civilizatoria en el sentido de que el movimiento nacional palestino sea más civilizado que el movimiento mapuche, de ninguna manera. Digo que son solamente diferencias importantes que tienen que ver justamente con el momento histórico en que las vertientes coloniales se instalan ahí.

¿Cómo observas el último envío de personal del ejército de hace unos días atrás por parte del Ministerio del Interior, a las provincias de Arauco en Biobío y a la de Malleco, en La Araucanía?

Lo observo con mucha preocupación porque creo que tiene que ver con un proceso general, no solamente particular a la cuestión mapuche en Chile, sino que como una cuestión en general a nivel global que consiste en que la pérdida de legitimidad de los poderes ha llevado a la progresiva militarización y seguritización de las sociedades.

En el caso específico chileno y a propósito de la pregunta anterior, tengo la impresión de que estamos presenciando algo que de alguna manera Edward Said, en un librito de 1979 que se llama “La Cuestión Palestina”, ya había identificado respecto de los países árabes. Edward Said había señalado respecto de los países árabes que habían israelizado su política, en el sentido de que habían aislado la cuestión palestina y al aislar la cuestión palestina habían progresivamente, algunos países árabes, como el caso de Egipto, a establecer condiciones de normalización con el estado sionista. Yo diría que en América Latina, sobre todo en estos últimos diez años, ha habido una progresiva israelización de la política latinoamericana y esto, por lo menos, en dos sentidos. Primero, en el sentido de la compra y venta de armas y particularmente de ciber seguridad y, segundo, en el apoyo tácito, pero al mismo tiempo efectivo, que Israel establece para con los grupos evangélicos de distintas partes de América Latina. En el caso de Chile, me parece que es bastante elocuente que es uno de los países que, particularmente durante el gobierno de Sebastián Piñera, aumentó la compra de armas a Israel, como ningún otro gobierno lo había hecho antes y eso me parece que es algo muy significativo.

¿Qué significado le das al aparecimiento de la wenu folle o bandera mapuche, en el marco del estallido social o revuelta de octubre en Chile?

Hay que entender que en una revuelta lo que se pone en juego es sobre todo una epifanía ¿Qué es una epifanía? Una epifanía es una imagen singular que tiene fuerza, es decir, un fuerza transformadora, una imagen singular como fuerza transformadora, que de alguna manera hace referencia a la historia de quienes se sublevan. Finalmente, en ese contexto, la presencia de la bandera mapuche en la revuelta muestra que es el pueblo de Chile, que se ha sublevado contra el orden constitucional vigente, es un pueblo que se reconoce mestizo, es un pueblo que se reconoce indio, es un pueblo que se reconoce completamente diferente respecto del reconocimiento de la oligarquía neoliberal y católica que gobierna el país y que representa el 1% de la población. Si esta última oligarquía tiene el carácter de concebirse a sí misma como blanca, por así decirlo, europeo-norteamericana, con un arribismo que todos conocemos bastante patético, el pueblo de Chile, en la revuelta dijo “nosotros no somos esto; nosotros somos esto” y afirma el carácter de mezcla, el carácter mestizo, el carácter completamente intersectado de distintas voces, de distintas pieles, de distintos cuerpos que se compenetran mutuamente en una misma danza y en una misma intensidad.

También la bandera mapuche lo que hace  es actualizar una máquina mitológica muy precisa que atraviesa la historia de Chile y que tiene que ver con que, en la medida de que el pueblo experimenta un despojamiento producto de la asonada neoliberal de los últimos cincuenta años, eso posiciona al pueblo de Chile en el lugar del indio y se actualiza en esa posición. El pueblo de Chile se ve a sí mismo, a partir de esa bandera mapuche, como un indio, enfrentado nuevamente a los conquistadores españoles. La oligarquía neoliberal católica que gobierna y que representa al 1% de la población,  en el fondo es la cristalización contemporánea de los antiguos conquistadores. En otras palabras, son los verdaderos conquistadores. En ese sentido, el Estado de Chile mantiene una concepción colonial muy precisa a la hora de abordar los conflictos. Cuando el Estado de Chile aborda los conflictos, siempre lo hace bajo la matriz de la guerra civil, es decir, bajo la idea de que el enemigo no tiene el carácter de ser un soldado exterior o una invasión extranjera, sino que siempre el enemigo aparece cristalizado en otros chilenos. El enemigo puede ser el mapuche, el enemigo puede ser el comunista, el enemigo puede ser el delincuente, el enemigo puede ser el pobre, pero siempre el enemigo es un enemigo interior y en la medida de que es un enemigo interior, lo que el Estado de Chile hace para tramitar los conflictos es poner en juego una maquinaria  muy característica en la que se juega una guerra civil, en el fondo. Basta recordar lo que hizo la dictadura de Pinochet con el famoso marxismo-leninismo, con la invención del plan Z, y basta recordar también cómo algunos discursos que proliferaron durante el 18 de octubre decían que estábamos en presencia de una invasión Castro-Chavista, e incluso algunos llegaron a decir que Putin era el que movía los hilos del asunto. En ese contexto el Estado de Chile es incapaz de procesar los conflictos y creo que ese no es simplemente un defecto de la constitución de 1980. Es sobre todo una marca fantasmática  que articula al Estado de Chile de tal manera y que lo ha articulado en distintos momentos históricos en base a sus distintos pactos oligárquicos y que le impide pensar un conflicto si no es a partir de la matriz de la guerra civil.

¿Podríamos decir que nos encontramos en una carrera armamentista para el control y la eliminación del enemigo interno?

Claro, en las diferentes escenas, si, y yo creo que aquí hay dos cosas que son importantes. Si uno mira el gasto que tiene Chile en armamento, que es ostensiblemente superior al gasto que tiene en ciencia y tecnología -y para qué decir sobre educación-, y si uno mira ese mismo gasto comparándolo con América Latina, solamente con los del cono sur, se dará cuenta que es un alto gasto militar y, por lo tanto, en vez de sacar conclusiones simplemente estadísticas sobre eso, habría que sacar conclusiones, por así decirlo, de índole imaginaria, donde la paranoia del enemigo interno ha estado permanentemente vigente y la segunda cuestión es que a pesar de todos los intentos de esta matriz, de esto que Armando Uribe, por ejemplo, denomina “El Fantasma”, que este autor plantea que es la violencia que quiere ser legítima, ese fantasma que activa toda una paranoia sobre el enemigo interno, sin embargo fracasa estrepitosamente porque jamás, ningún poder va a poder gobernar a una vida. Una vida se define justamente por ser deviación y el problema que el Estado de Chile cada vez que ve desviación, desviación racial, desviación lingüística, desviación de clase, desviación ideológica, implementa inmediatamente el aparataje de la guerra civil como dispositivo de gobierno y claro, respecto de tu segunda pregunta, efectivamente, en la militarización lo que está en juego es la activación nuevamente del fantasma de la guerra civil como dispositivo de gobierno, pero yo diría con una intensificación de ese fantasma. Si bien, la intervención y la militarización de Wallmapu siempre ha sido una constante que va y viene y que es una constante que sin embargo se modula a partir de intensidades variables, hoy día está completamente exacerbada. Lo que hay que entender aquí, cuando digo que la guerra civil es una matriz, lo que quiero decir es que es una matriz en el sentido de un dispositivo de gobierno. El Estado de Chile gobierna a partir del fantasma de la guerra civil y en ese sentido, justamente, es que se pone en juego esa militarización en Wallmapu.

¿Cuál vendría siendo uno de los principales traumas a los que nos exponemos como país, al vivir en la latencia, bajo cualquier crisis social, de una guerra civil?

La verdad que no me gusta mucho la noción de trauma, pero si hubiera que utilizar la noción de trauma, para tu pregunta, yo diría que el trauma de Chile es el otro, es decir, Chile siempre ha tenido un problema grave con el otro y creo que eso de alguna manera se inscribe en el modo en que La Capitanía General del Reyno de Chile habitó un espacio geográfico de carácter montañoso y ese espacio geográfico de carácter montañoso, que al mismo tiempo estaba en el fin del mundo, muestra algunas cosas que son bien problemáticas. Primero, en la medida que es un espacio montañoso, el otro siempre aparece hacia arriba o mirado hacia abajo, es decir, siempre aparece en una posición jerárquica porque, o voy en un monte y veo al otro hacia abajo o voy en un valle y veo al otro hacia arriba. Eso se emparenta completamente con la idea de que Chile fue una capitanía, y por tanto un reducto administrativo del imperio español y no un virreinato y al mismo tiempo eso se emparenta completamente a la cuestión que de alguna manera subrayó en su momento Mario Góngora y que ha vuelto a subrayar Armando Uribe en las últimas publicaciones antes de fallecer, que es que Chile tiene una de las guerras más duraderas del cono sur, incluso del mundo, que es justamente contra el Wallmapu, entonces la guerra se vuelve permanente. Si la guerra se vuelve permanente, entonces las ciudades se construyen básicamente como cantones de reclutamiento, como fuertes para un combate y en esa medida me parece, si tu me preguntas efectivamente cuál es el trauma que tiene el chileno, Chile se construyó a partir del trauma del otro. Tanto es así, que si tu analizas el himno nacional, la famosa frase, inmensamente arribista, de que Chile es “la copia feliz del edén”, resulta absolutamente crucial para entender el carácter administrativo que tiene el reino de Chile. Que sea de un carácter administrativo quiere decir que Chile nunca ha sido un país, sino que siempre ha sido una economía, en el fondo. Chile siempre ha intentado verse a si mismo como una economía que administra un conflicto permanente, medianamente regular y que hace de la guerra civil  su tecnología de gobierno más habitual y eso porque el otro aparece desde el punto de vista del imaginario que da lugar al Estado de Chile, como alguien que es inferior o es superior; alguien a quien puedo esclavizar, por lo tanto subordinar a mi orden, a mi poder; o a alguien a quien tengo que obedecer y la frase del himno nacional, que Chile es “la copia feliz del edén”, justamente expone esa jerarquía, donde Chile aparece no como un reducto original, singular, Chile no es una vida singular, sino que es una mímesis del poder, una mímesis directa del poder, es decir, del edén y quien no cumpla con la imagen mimética  que Chile tiene de sí mismo -o que el imaginario estatal de Chile tiene de si mismo-, entonces es inmediatamente concebido  como enemigo. Por eso Chile siempre tiene esta idea de por un lado pensarse a sí mismo como un país excepcional, donde suceden cosas excepcionales. Por ejemplo, el primer experimento de socialismo democrático; la primera vez que el comunismo es derrotado en el mundo, como es el relato de Pinochet; el modelo del neoliberalismo, lo que hoy día está en completo cuestionamiento, es decir, Chile siempre quiere aparecer como el primero de la fila y sin embargo es el último de la fila, porque el complejo de Chile tiene que ver con estar en el fin del mundo y como esa es su situación, quiere estar primero en la fila del mundo y quiere pertenecer al primer mundo y por lo tanto quiere constituirse miméticamente en función de un edén, que evidentemente no existe.

Esto es muy interesante, porque si es cierto que Chile es una economía y no es un país, y por lo tanto, para ser economía, ha debido subrogar completamente su imaginación popular. Concebir la imaginación popular como un peligro y ha debido mimetizarse con el poder de turno, sea en el S.XIX en Francia o Gran Bretaña, sea en el S.XX EEUU, quiere decir en último término que en Chile no pueden aparecer dioses. En cambio en Argentina hay dioses por todos lados: Maradona es un Dios, Borges es un Dios, etc.; en Chile nadie es un Dios de nada: son puros ángeles que administran la hacienda y por eso Vicente Huidobro, el eximio poeta, se quejaba permanentemente de que en Chile todos eran resentidos y cuando a un chileno le iba bien, todos sus compatriotas deseaban que le fuera muy mal, porque nadie puede convertirse en Dios, está prohibido convertirse en Dios. Todos tienen que remitirse a ser ángeles que administra bien la hacienda. Por lo tanto, el trauma es al otro, pero ¿Quién es el otro? Dios, el trauma es a Dios.

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