El Estado Del Arte

Yanko González: Escribir en el sur es resistir.

En esta oportunidad conversamos con el destacado poeta Yanko González, autor del ineludible volumen “Metales Pesados” (Editorial El Kultrún, Valdivia, 1998), “Alto Volta” (Editorial El Kultrún, Valdivia, 2007), “Elábuga” (Editorial El Kultrún, Valdivia, 2011) y la antología de su trabajo “Objetivo General” (Lumen, 2019), quien responde esta entrevista desde Valdivia, desde un lugar llamado Angachilla, mismos campos, humedales y esteros a los que se refiere la canción “Lluvias del sur” de Schwenke & Nilo y su amigo y poeta Clemente Riedemann.

¿Qué significa para ti hacer poesía, crearla y escribirla, desde el sur de Chile, cómo ha impregnado esto en tu escritura?

No sólo entiendo los lugares como espacios geoculturales desde donde se habla, se actúa, se imagina o se crea, sino me distancio de los que aspiran a que la vinculación histórica entre identidad, literatura y territorio desaparezca en la llanura hiperconectada total o los que diagnostican factualmente que aquella vinculación nunca ha sido decisiva o, si ha sido relevante, hoy ha expirado en el dropbox planetario. Creo que plantear eso responde a un interés instrumental, y colabora decididamente con una globalización unilateral y vertical bajo la ficción de una sociedad-red sin centro, ni periferia, ni dominantes, ni dominados. Escribir en el sur, en este sentido, es resistir. Es resistir la naturalización “de un lugar” -las verdaderas centrópolis- para borrar los lugares. Las literaturas no sólo representan, sino que crean identidad y construyen “lugar”, aún en su perpetuo movimiento y sus diversos fines (desde los mitos de la idea de nación o los imaginarios colectivos fraguados por la interpretación del paisaje, etc.). Ahora bien, escribir desde acá para “descencializar” las identidades supuestamente sureñas para el consumo metropolitano, ha sido una parte importante de lo que he escrito y rescatado también de otras escrituras y oralidades. La “poesía situada” se organiza también desde la “no identidad” o identidad cuestionada, como un reclamo político, subvirtiendo el “horizonte de expectativas” que se tiene desde el centro. De ahí que me interesa mucho lo producido por autores como Maha Vial, Alexis Figueroa o Jorge Torres o la perturbación que han generado las poéticas “mapunkis”.

¿Frente a un escenario en que la poesía en general, salvo excepciones, está centrada en la producción de proyectos escriturales, cómo podrías describir tus fuentes, procedimientos y motivos poéticos?

Bueno, so pena de reiterarme y ser majadero con esto, te puedo decir que yo no concibo un poema sin gente adentro y, a veces, toma tiempo reunirla y escucharla. Yo no cejo en la tentativa de rebelarme a cierto solipsismo lírico, y hacer un esfuerzo por capturar el origen de las voces que componen toda escritura. En relación a ello, para mí la metáfora tiene un poder cognitivo, puesto que no sólo registra la realidad social, sino que al mismo tiempo es capaz de desentrañarla. Desde mi primer libro –“Metales Pesados”- muchos poemas se vertebran por esa tentativa. Lo que quiere decir que, aunque se proponen dibujar -por ejemplo- las miserias del tardo-pinochetismo y la transigente “transición a la democracia”, lo hacen desde la oblicuidad y la imaginación y, sobre todo, por los que habitan el poema, las fuentes orales y documentales y estas muchas veces no le creen al poeta ni al poema. No sé si soy un iluso, pero creo que hay que “desprivatizar” al sujeto lírico. Es decir, no sólo creo en la oralidad, sino en la coralidad de la poesía y si el poeta tiene un deber, es el de dejar el poema mejor de lo que lo encontró. Ahora bien, todo ello dejó de ser un “proyecto”, pues se incorporó en mi obra menos como camino que como meandro.

Tu último libro “Objetivo General” recoge ampliamente tu trabajo poético y nos arroja también “Torpedos”, que se configuran como visualidad ¿Dónde ves la potencia en el cruce entre las artes visuales y la poesía, actualmente?

Todo mi trabajo y Torpedos es una muestra de ello, responde a una avidez algo majadera por lo prospectivo. Me ha interesado desde siempre la poesía visiva, objetual, oral y performática, es decir, la que está condenada al movimiento. En el caso de Torpedos que trata sobre el hastío en relación con algunas obligaciones culturales (como memorizar, enseñar o cumplir sistemáticamente las expectativas que tienen otros sobre ti), respondí restando todo alboroto lírico y me dediqué desde la precariedad de lo mínimo, es decir, literalmente desde un Torpedo –o acordeón como le dicen en otras partes- a capturar el sinsentido de lo que debe ser aprendido para ser alguien en la vida. Ahora, el hecho de poner en evidencia que la escritura es también una escultura pobre, un disfraz visivo y una trampa, me hizo  acudir a las siempre alteradoras y liberadoras artes visuales que tanto han auxiliado cuando el poeta se encuentra en el desierto de su propio lenguaje.  

Por último, actualmente diriges la Editorial de la Universidad Austral de Chile ¿Qué opinión tienes sobre el campo editorial actualmente?

El ecosistema editorial está sufriendo mucho. Las noticias son desalentadoras, mucha de las agendas de publicaciones están detenidas. Junto a ello, casi el 80% de las microeditoriales, medianas e independientes -las más respondonas y “comprometidas”- deben su existencia a recursos públicos, como el Fondo del Libro u otros, ya sea para edición o compras. El margen de comercialización les permite enriquecer su catálogo, pero no sostenerse en el tiempo. Y como el artilugio “libro”, ya en formato de bites o papel, no ha sido reemplazado como transporte activo tanto de imaginación como de conocimiento denso e intenso, el cierre o desaparición de esas editoriales es un daño enorme a la bibliodiversidad, la que ha costado construir décadas y décadas, y obviamente es una merma al reservorio “de respuestas posibles” a lo que nos mata o no hace infelices (como la pandemia), pues cercena la circulación de esas respuestas. En el caso de las librerías -un eslabón aún más frágil- es crítico, pues lo que se va con el cierre de ellas son espacios de experimentación y regeneración cultural, pues la librería captura el movimiento y actualidad de las escrituras y las enfrenta con los lectores, propiciando un debate formativo, una amistad viva -emotiva e inteligente- con los libros. 

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