El Estado Del Arte

Daniela Catrileo: poesía y política.

En esta oportunidad conversamos con Daniela Catrileo, escritora mapuche y profesora de filosofía, quien ha publicado los libros de poesía: «Río herido» (Edicola, 2016), «Guerra florida» (Del Aire, 2018; Teje, 2019), las plaquettes: «El territorio del viaje» (Archipiélago, 2017), «Las aguas dejaron de unirse a otras aguas» (Libros del Pez Espiral, 2020) y el libro de cuentos: «Piñen» (Libros del Pez Espiral, 2019). Es integrante del Colectivo Rangiñtulewfü, forma parte del equipo editorial de Yene Revista y la Cooperativa editorial Chillka. Con ella hablamos de la relación entre poesía y política, violencia en La Araucanía y sobre los lazos o puentes que existen en pro de la convivencia del pueblo mapuche y el chileno, en este territorio compartido.

¿A qué se debe, según tu apreciación, la positiva recepción de tu poesía a nivel nacional?

No sé cómo responder esta pregunta. Quizás es una interrogante para quienes han leído mis trabajos y les ha gustado, la recepción es ajena a mí, yo sólo soy quien escribe. 

¿Cuál es el lugar de la poesía en la reivindicación de las demandas mapuche?

Creo que la poesía y así también otros modos de creación, son gestos de existencia, son parte de un testimonio común, parte de la imaginación de un pueblo al que constantemente han despojado. En ese sentido, tanto las formas de creación como los procesos políticos no pueden concebirse de manera aislada, porque están imbricados. La creación es política, en tanto, es la expresión viva de un pueblo presente que lucha y resiste constantemente por su existencia. Muchas veces en el arte o la literatura, se lee “lo mapuche” como una categoría y no como la pertenencia a un pueblo determinado, no somos más o menos mapuche por lo que digan nuestras obras o de la forma en que se presentan, sino de la manera en que reivindicamos o evidenciamos la posibilidad de ser un pueblo. En la medida que comprendemos estas relaciones, podemos entender que somos herederos/as de reivindicaciones y luchas que nos anteceden; y que gracias a ellas podemos permitirnos crear, hay una memoria que se resignifica en el encuentro con otro/a. Todas estas trazas emergen como huellas en nuestros oficios, la poesía es uno más de ellos. Personalmente, la escritura para mí es un arma, una herramienta simbólica, cargada de reflexión e intuición, como muchas otras formas de creación, pero ninguna herramienta basta por sí sola, debemos generar tramas políticas, articulaciones, ser un puente entre otros artefactos, por ello, digo que la poesía es un gesto. Hay que activar espacios diversos, donde exista la poesía pero en tensión con otros modos del hacer, sobre todo cuando existe gente que instala su cuerpo como un espacio de lucha.

¿Cuál es tu sentimiento al ver eventos recurrentes de violencia y desprecio hacia el pueblo mapuche, en el entendido de que las autoridades niegan el diálogo y potencian la militarización del Wallmapu?

Lo que sentimos y pensamos viene reiterándose hace un buen tiempo, no sólo con este gobierno y sus instituciones actuales. Hay mucha frustración, una constatación de injusticia y despojo permanente, un desequilibrio no sólo con el empobrecimiento territorial mediante el extractivismo, sino situaciones específicas ante una policía y justicia colonial- racista que ha encarcelado a varios pu lamngen bajo prisiones preventivas extensas con pruebas insuficientes,  atentados contra la infancia y múltiples montajes. Las situaciones se agudizan porque no han existido transformaciones concretas, al contrario, se ha recurrido a discursos bélicos en vez de diálogo, propuestas y entendimiento. Tampoco estoy segura si aquellos cambios o proyectos vendrán alguna vez desde lo institucional.

¿Cuáles crees que son los caminos o los puentes que se deben tender entre el pueblo chileno y el pueblo mapuche para una mejor convivencia entre estos dos pueblos?

Considero que faltan varios pasos anteriores para ese camino y no creo que exista una sola respuesta. Sin embargo, vimos que la revuelta de octubre, podía tener ciertos destellos, no sólo en el levantamiento de símbolos mapuche que puede tener diversas interpretaciones, sino en el compartir luchas en común, en tanto, varias de las demandas que se vieron en panfletos, afiches y muros, estaban dirigidas, por ejemplo, contra el extractivismo. En ese sentido, eran reivindicaciones territoriales. Y por ahí, hay una lucha en común que debe ir contra la lógica neoliberal y colonial de concebir los territorios como “recursos explotables”. Ese es un puente concreto, no sólo con el pueblo chileno, sino con los diversos pueblos que habitan este país. Por otro lado, el camino más extenso y quizás el más complejo, es el entendimiento entre pueblos que comparten una cotidianeidad. En Chile, hace falta diálogo, reflexión y sobre todo imaginación para pensar en proyectos políticos posibles que vayan más allá de una creencia ficticia de chilenidad homogénea.  Estamos dando pasos para ello, soy testigo de complicidades antirracistas, comunitarias, populares, redes no centralizadas, movimientos sociales, organizaciones, coordinadoras, etc. Donde hay colaboración efectiva, donde hay una convivencia permanente, pero luchamos contra violencias estructurales y las acciones micropolíticas parecieran no ser suficiente ante aquellas arremetidas contra el pueblo mapuche, las comunidades afrodescendientes, la población migrante y otros pueblos naciones originarias. Desde el pueblo mapuche, sabemos que no existe diálogo desde el Estado y las diversas formas de representación institucional. No se puede dialogar cuando vivimos con una ley antiterrorista racista, una constitución guzmaniana o cuando no se respetan tratados internacionales como el Convenio 169 de la OIT, ni hay un reconocimiento del despojo y la ocupación que ha vivido nuestro pueblo. Sé que a veces es difícil pensar en alianzas o complicidades, sobre todo cuando fuimos testigos del ataque racista vivenciado por pu lamngen hace unas semanas, entiendo que se generen desconfianzas hacia el pueblo chileno. Sin embargo, a pesar de la rabia, hay que intentar ser testigos de todo lo que ya se ha tejido, muy por fuera de los grupos civiles racistas, fundamentalistas y conservadores como lo es la Asociación para la Paz y la Reconciliación en la Araucanía (APRA) porque sabemos que estos grupos existen hace un buen rato. Nuestra convicción política no puede permitir que estos discursos de odio se naturalicen e impongan, sobre las diversas luchas colectivas que se llevan a cabo, quiero creer que somos muchas más quienes apostamos por los tejidos.

Fotografía: Raúl Goycoolea.

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